Papá, ¿en qué piensas? —pregunté, como quien busca la sabiduría rodeándose de sabios.
—Bueno, verás —contestó, mientras continuaba trabajando—. Al estar aquí, rodeados de agua y sin un ápice de tierra a la vista, pienso en aquello que no tuvo un principio, y que tampoco tendrá un final; simplemente…es.
—No entiendo.
Papá sonrió levemente sin despegar la mirada de su tarea. La brisa mecía suavemente sus risos, ahora desteñidos por el clima marino, mientras el roció de las olas bañaba su frente; pizcas descendían por los relieves de su rostro como el deshielo a través de la montaña. Se detuvo, suspiró un instante mientras su rostro permanecía impasible y fijó la mirada en el horizonte. Entonces se volvió a mí, con su siempre paciente y tierna mirada, y dijo:
—Aternum.
—¿Pa? —pregunté confundido.
—La eternidad, tontito. Entonces regresó a su trabajo y continuó, diciendo:
Muchos consideran ocioso pensar en algo como la eternidad, o lo eterno; creo que algunos le llamarían el más allá. Pero yo no creo que sea un sinsentido. Si ello fuera cierto, ¿por qué los pueblos de la tierra han invertido tanto esfuerzo y tiempo realizando toda clase de obras destinadas a perpetuar el alma o la esencia de sus reyes y seres queridos cuando éstos mueren? Piensa en los antiguos faraones egipcios, en los mayas o en los chinos, por ejemplo; todos creían que después de morir habitarían en algún lugar extraterrenal por siempre.
Considera también lo que vemos a nuestro alrededor. Las flores del campo no sólo tienen un propósito en este mundo; nos recuerdan cuán breve es nuestro tiempo y pasajera nuestra gloria. Aquí, rodeados del profundo y ancho mar, no es posible pasarlo por alto. Siendo tan pequeños y el océano tan vasto, pareciera que este siempre ha estado aquí, sin principio, ni fin. Está allí: solamente es, extendiéndose infinitamente en todas direcciones.
—Caray, pa. No lo había pensado así. Pero, ¿acaso la ciencia no responde a preguntas más grandes? ¿No ha dado más luz que miles de años de sombría superstición?
—Ja —pa suspiró, mientras barría las gotas de la brisa marina de su rostro y comenzaba a tirar de la red—. Sin duda la ciencia ha intentado responder a preguntas profundas y trascendentes, como el origen del universo. Pero en un sentido se queda corta, pues ante cualquier respuesta que dé, otra mucho más poderosa se desprende y eleva como una infranqueable cordillera: ¿Y más atrás? ¿Y antes del comienzo? ¿Qué había entonces? Algunos rechazan tales cuestionamientos, ya por considerarlos infructuosos, o por soberbia. En general no soportamos que algo quede fuera de nuestro escrutinio o comprensión; nos encanta tener la última palabra…
—¡Listo! —pa interrumpió; la última red había sido guardada.
El cielo comenzaba a cerrarse en el horizonte y el mar se agitaba cada vez con mayor fuerza, así que nos abocamos a recoger las últimas líneas.
—Están vacías, —dije, no pudiendo esconder mi frustración.
—No te preocupes. ¿En qué estábamos? ¡Ah, cierto! —exclamó, mientras izaba el ancla y preparaba todo para nuestra partida—. Personalmente creo que el hombre, no importa cuanto lo niegue, no puede escapar del aternum como tampoco puede hacerlo del tiempo; ha sido puesto en su corazón, y en algún lugar habrá de pasar su eternidad. No olvides lo que te digo.
—No lo haré, pa —respondí, mientras contemplábamos algunos segundos más el firmamento, intentando grabar en nuestra mente y corazón cada detalle de aquel cuadro que se nos presentaba indefinido, casi estático.
Sin darse cuenta, padre e hijo son observados fijamente por dos pares de ojos situados detrás de ellos, a la distancia; más allá de su entendimiento y de su tiempo...
—¡Caramba, Johan! Sublime, apacible, elegante, ¿cómo se llama?
—Aternum.
—¿A, qué?
—Aternum. Es latín. Significa la eternidad. ¿Qué piensas?
—Mmm, que qué pienso. Johan, creo que eres un romántico incorregible. Anda, guarda todo, el estudio cierra en veinte minutos. No olvides cerrar los frascos de pintura y bañar los pinceles y las brochas en aguarrás.

